Violencia estructural en las provincias del sur

Ranee Hassarungsee
(traducido por Suntaree Kiatiprajuk)
Grupo de Trabajo Agenda Social

Numerosos conflictos en las provincias del sur, Pattani, Yala y Narathiwat, han provocado el abandono de las comunidades y el resquebrajamiento de familias. Los problemas sociales abundan en estas comunidades mayormente musulmanas, de etnia tailandesa y malaya. Los campos de arroz han quedado improductivos y las industrias a gran escala están agotando parte de los recursos naturales y con ellos el sustento de las comunidades locales. Es importante apreciar la singularidad y diversidad de los pueblos locales de forma de promover la coexistencia cultural necesaria para que no se los tilde de “separatistas”

Desde 2004 el Equipo de Investigación sobre Historia y Cultura Locales del Fondo de Investigaciones de Tailandia ha realizado investigaciones con enfoque de género en las poblaciones predominantemente musulmanas, de etnia tailandesa y malaya, en las provincias del sur, Pattani, Yala y Narathiwat [1] . Entre estas poblaciones musulmanas, que en general viven en comunidades separadas de las no musulmanas, el estatus del varón ha decaído debido a sus reducidos ingresos provenientes de la agricultura y de la pesca artesanal tradicionales. Los buques de pesca de arrastre, el cultivo de camarones realizado con un enfoque capitalista y los proyectos de desarrollo industrial han acaparado casi todas las zonas de pesca y las tierras de labranza. Con escasa educación y recursos pesqueros que disminuyen rápidamente, los pescadores nativos se ven obligados a buscar trabajo en las fábricas o convertirse en trabajadores migratorios en Malasia.

Como consecuencia de estos cambios, las mujeres han tenido que aumentar su aporte al sustento del hogar, vendiendo productos en los pueblos y mercados y trabajando también en las fábricas. Ya no pueden, sin embargo, permanecer en sus comunidades locales; algunas buscan trabajo en Malasia junto con los hombres, otras lo encuentran en la industria recreativa.

A medida que estos cambios comenzaron a afectar el equilibrio ambiental, económico y social de las comunidades musulmanas, se fueron introduciendo proyectos de desarrollo gubernamentales y del sector privado. Esta pérdida de equilibrio empeoró con la afluencia de extranjeros y al reducirse el control de la población local sobre los recursos naturales, así como de la toma de decisiones políticas y económicas. Las instituciones tradicionales, tales como la familia, la comunidad, la administración local, el jefe de distrito, y el jefe de pueblo no lograron sobrevivir, y no surgieron instituciones que las remplazaran. Este entorno favoreció el surgimiento de militantes en todas estas comunidades.

Los asuntos delicados como el acceso desigual a la justicia y los subsidios estatales, así como la mutua desconfianza entre musulmanes y budistas tailandeses han alimentado el conflicto y la violencia progresivos. Sin embargo, aldeanos, obreros, estudiantes y académicos, todos señalan que, al contrario de lo que informan los medios de comunicación, el conflicto no está relacionado con problemas religiosos ni orígenes raciales.

Competencia globalizada por los recursos

Las empresas capitalistas nacionales y extranjeras ya se han apropiado de una vasta área de tierras de labranza y tierras de dominio público. Actualmente, un número creciente de acaparadores está robando a una gran cantidad de musulmanes pobres, incluso su vivienda tradicional y su derecho a la tierra. Al ingresar los extranjeros, hubo un maltrato a la población local, en lugar de aceptar sus tradiciones e integrarse a las comunidades. Para los devotos musulmanes, las áreas destinadas a la vivienda y las tierras de labranza pertenecen a Alá, pero en el mundo capitalista la tierra es un bien que puede ser poseído y comercializado. Por ende, la adquisición de tierras, la competencia por la apropiación de la tierra y la ocupación de tierras públicas fértiles están muy extendidas [2] .

Aunque el actual conflicto armado puede acabar, si no se toman medidas respecto a la violencia estructural – especialmente en lo que respecta a la utilización de los recursos naturales – es probable que este reaparezca en cuatro o cinco años [3] . Es necesario que las personas se unan para encontrar maneras de resolver este complejo problema.

Los caminos del pueblo hacia la paz

El conflicto en estas provincias va más allá de una disputa entre la “población local” y el “Estado tailandés”. También es una reacción contra la globalización, con facciones opositoras dentro de las comunidades y además colaboración entre pobladores locales y extranjeros. Este conflicto ha involucrado familias, comunidades, a la sociedad, así como todo un estilo de vida y de utilización de recursos [4] .

Ya que sólo los locales conocen su realidad, cualquier solución al actual conflicto – ya sea el enfrentamiento o la sumisión – debería provenir de ellos mismos; los extranjeros no están en posición de decidir qué está bien o qué está mal. ¿Permitirán los pobladores locales que la próxima generación continúe matándose unos a otros o esperarán al resultado de la lucha? Si las provincias logran ganar un cierto grado de autonomía, puede ser que enfrenten nuevos peligros, en forma de conflicto entre la generación anterior y la nueva.

Para evitar este resultado, es necesario unir esfuerzos para crear alternativas, organizándose a través de las diferencias religiosas para desarrollar instituciones económicas, políticas y culturales alternativas que les permitan controlar la afluencia de extranjeros y la destrucción de los recursos sociales derivada de ésta. Deben procurar enfoques culturales y económicos alternativos que respondan a los cambios globales y negociar con la totalidad de la sociedad.

Importancia de los derechos comunitarios locales

En el pasado, cuando a los pobladores locales los empoderaba su sentido de comunidad, eran capaces de negociar con el gobierno al igual que con los extranjeros. Por ejemplo, los extranjeros consideran los recursos naturales separados de los recursos humanos, sin considerar la estrecha relación que hay entre ellos y dejando de lado la ecología o la biodiversidad, que son fundamentales para las comunidades locales. Basados en generaciones de conocimiento tradicional, los tailandeses budistas y los musulmanes sabían qué recursos eran útiles para qué propósitos, cuáles eran medicinales y cuáles tóxicos.

El Estado generalmente considera a las personas como recursos técnicos, dando más importancia a la inteligencia que a la moral, socavando así el idealismo budista tradicional. Mucho podría aprenderse de la perspectiva musulmana sobre naturaleza y religión. Los campesinos musulmanes locales, incluyendo al líder espiritual de la comunidad, prestan más atención a la bondad de las personas y se oponen a los valores impuestos por la modernidad.

Estudios locales han descrito cómo la población local, integrada por budistas y musulmanes, vivía en armonía con la naturaleza, convirtiendo un sistema ecológico en una cultura ecológica. Budistas y musulmanes compartían el uso de los recursos naturales estableciendo reglas en común con la ayuda del Toh khru (maestro islámico). En esta cultura ecológica, en la que todos creían en las obligaciones colectivas para con la patria, budistas y musulmanes vivían en una estructura social solidaria. Con la afluencia de extranjeros, provistos de pensamiento científico y “moderno”, los seres humanos ahora son vistos como robots vivientes.

Gestión de recursos naturales y justicia comunitaria local

Las comunidades locales de antaño habían adoptado múltiples herramientas para la gestión de recursos, incluso un sistema judicial local basado en normas y valores comunitarios compartidos. Los actuales organismos a cargo de aplicar las leyes y el sistema judicial, que abarcan desde la policía hasta los tribunales, no han conseguido integrar estas normas, lo que hace imposible enfocar adecuadamente los conflictos comunitarios. Los conflictos por herencia, por ejemplo, ya no son resueltos por el imán encargado de impartir justicia, como prescribe la sharia o ley tradicional, pero tampoco se resuelven según las leyes tailandesas. En estos casos, las partes en conflicto acudían tradicionalmente a un líder respetado por la comunidad, que podía ser un imán o no, y detallaban sus bienes y situaciones según su distribución. El líder comunitario proponía entonces una división que, sin seguir exactamente la sharia ni las leyes tailandesas, satisfacía a ambas partes. Esto era visto con tanto respeto por los miembros de la comunidad que las personas deshonestas no se atrevían a disentir con el fallo [5] .

Al haber sido reemplazados estos mecanismos, las personas ya no ejercen control sobre los recursos locales. Ejemplo de esto fue la ocupación capitalista de todas las áreas costeras, que ha privado a los pescadores artesanales locales de continuar ganando su sustento. Una vasta área fue destinada a la plantación de palmeras aceiteras pero los pobladores locales no tuvieron la posibilidad de manifestar su oposición.

Alternativas basadas en el conocimiento: creando una conciencia colectiva local

Grupos de la facultad de Ciencia y tecnología de la Universidad Príncipe de Songkhla (PSU), Campus Pattani, que trabajaron en los pantanos de turba, dunas de arenas y manglares, lidiando con los pobladores locales en gestión de recursos, han concluido que, para que se vuelva a generar un espíritu o sentido comunitario de pertenencia, cuatro elementos son necesarios:

  • Recursos naturales y medio ambiente;
  • Tradiciones, creencias, religión y cultura;
  • Grupos, organizaciones y redes;
  • Un conjunto importante de conocimientos.

Estos cuatro elementos pueden desarrollarse a través de un proceso integral de aprendizaje que se convierta en una parte complementaria y relevante de la vida de las personas, permitiendo así que la comunidad local se autosustente. Lo ideal sería que estos cuatro ingredientes se fundieran en un sentido comunitario de pertenencia. En la práctica, sin embargo, esta fusión depende de una variedad de factores relacionados con la seguridad comunitaria. De manera que, para que exista la seguridad comunitaria, los cuatro componentes deben tener una relación de armonía y equilibrio. Dicha relación podría expandirse a través de actividades participativas de gestión de recursos.

Debería crearse un banco local de conocimientos para despertar la conciencia de los pobladores locales con respecto a su propia historia, conocimientos, cultura y estilo de vida, que son diferentes de los nacionales. Con ese conocimiento firmemente establecido y su sabiduría propia, las comunidades locales contarán con los recursos adecuados para lidiar con los cambios provocados por la globalización.

Este emprendimiento requiere que las comunidades locales trabajen juntas para comprender varios aspectos de la cultura ecológica y así poder negociar entre sí e impedir que los extranjeros se aprovechen de ellas. Deben establecerse organizaciones locales y comunitarias, como el consejo Shura, para facilitar la negociación pacífica dentro de las comunidades. Esto permitiría a las nuevas generaciones entender el valor de las antiguas tradiciones y los riesgos que trae aparejada la cultura consumista. Las comunidades locales de las tres provincias del sur deberían mantener una mayor comunicación con toda la sociedad del país para que no se las tilde precipitadamente de “movimiento separatista”. Aprender de la singularidad y diversidad de las poblaciones locales tiene el potencial de promover una coexistencia cultural que lleve al nacional


 


[1] En junio de 2007 el Grupo de Trabajo Agenda Social, la Fundación para la Promoción de la Salud de Tailandia y aliados organizaron un taller para ayudar a las personas a lidiar con esta situación en las tres provincias del sur.

[2] Srisak Vallibhodom, “Will the southern fire be quenched?”, ponencia en un seminario organizado por el Grupo de Trabajo Agenda Social, la Fundación Lek-Prapai Viriyaphan y el Instituto de Investigación Social de la Universidad de Chulalongkorn, 2006.

[3] Ver “Tackling conflict for development: principles, progress and challenges”, un documento preparado para el Departamento para el Desarrollo Internacional del Reino Unido, 2006.

[4] Tanto ésta como la sección sobre gestión de recursos y justicia comunitaria se basan en Srisak Vallibhodom, seminario sobre cultura ecológica en la frontera del sur y seguridad vital, abril de 2007.

[5] Lo mismo ocurrió al cierre del taller Nidhi Iawsriwong sobre cómo lidiar con diferentes situaciones en las tres provincias del sur, organizado por el Grupo de Trabajo Agenda Social y aliados, en junio de 2007.

Tratados internacionales sobre Derechos Humanos
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